[ 28 / 10 / 2025 ]
"Te echo de menos más de lo que me acuerdo de ti."
- (Ocean Vuong, En la tierra somos fugazmente grandiosos)
Ya no recuerdo cómo nos dijimos adiós.
Camino por tu ciudad, escuchando tu lengua a través de los labios de desconocidos ajenos a mi día a día, preguntándome si de entre todas estas personas alguna estará en tu vida y compartamos tu recuerdo como quien comparte el gusto por un mismo libro. Y doy un respingo al escuchar una voz levemente parecida a la tuya, tranquilizándome —¿o quizá decepcionándome?— de que no seas tú. Me adelanto a nuestro encuentro con miedo de que pase —¿con miedo a que no pase?—, procurando tener un guion preparado, unas pautas que pueda seguir, unas líneas que demuestren una calma que no tengo. Y luego me alejo con la culpa de un niño que sabe que no tendría que hacer la travesura que a él le pareció tan divertida.
A veces me pregunto si apareceré por tu mente. Si mi rostro te sigue en tus paseos o en la luz del sol al atardecer. A veces me pregunto porqué tu aún me sigues en mis pensamientos, en aquella casa que jamás llegamos a construir; y en porqué no quiero que dejes de seguirme. Me viene un sentimiento de gustosa culpa por aún retenerte entre mis memorias, aun sabiendo que es un lago de agua estancada y que al que no llega el sol de tantas plantas sin cuidar que lo rodean.
Me enfurece no tener la oportunidad de recordar tu olor. De tener todos los sentidos drogados de tu recuerdo menos el más significativo. Mis ojos te buscan entre rostros ajenos, mis manos te palpan en la piel de mis amigos, mis oídos te escuchan en expresiones que una vez fueron tuyas. Pero el aire no te acerca —ni te aleja—. Pasa por mi lado como pasa por el tuyo, como las olas pasan por la arena dejando su rastro, pero secándose al momento. ¿Si le dijera adiós te lo llevaría? Si le dijera que pienso en ti, ¿se chivaría?
El tiempo tampoco es un buen aliado. Cuando llevo demasiado sin pensarte, aparece un recuerdo repentino, como una flor tardía. O tu ciudad es nombrada por mi amante. O mi arte me recuerda, con el tacto de una madre, que quise inmortalizar tu existencia. Que mis manos te pintaron sin pensar —¿o conscientes en cierta forma?— en que algún día sería lo último que me quedara de ti.
Hay días en que te busco voluntariamente. En los colores, en los nombres, en las flores. Buscando casualidades incoherentes, Te imagino tras el cabello de desconocidos en el metro, tras ventanas de habitaciones apagadas, tras esquinas sin cruzar. Me autoconvenzo de que así no nos hemos separado, consciente de que el tiempo ya nos ha hecho dos personas diferentes. Con los gustos cambiados, los sueños alterados y el corazón de otro color.